Opinión
Juan Benito Coquet

La democracia de la desconfianza

El Sol de México
4 de diciembre de 2007

En México se ha dado el fenómeno de un proceso de reforma político-electoral continuo e ininterrumpido, prácticamente desde 1946. Si bien, en este proceso se reflejan los avances indiscutibles hacia la democratización de un sistema que permanecía en la inmovilidad y el autoritarismo solapado, también es perceptible el efecto de un hecho incontrovertible y es que ni los partidos ni una buena parte de los ciudadanos confían en las elecciones como el mejor medio para la toma de decisiones políticas fundamentales. No ha habido Presidente o Congreso en México que no plantee una reforma electoral como medida de su afán reformista, muchas veces después de consumados hechos de fraude electoral o de morbo mediático que justifican la modificación o adecuación de instituciones que apenas comienzan a arraigarse en la conciencia pública. Hoy, la desconfianza en la democracia ha llegado a un punto extremo, en que el Congreso mexicano ha tomado casi por asalto el Instituto Federal Electoral, destituyendo a su consejero presidente a dos consejeros más, y lo ha convertido en una dependencia al servicio y comodidad de los partidos políticos grandes, con una reforma constitucional y legal que, lo menos que puede decirse, es que se elaboró precipitadamente y a contrapelo de diversas opiniones importantes en el concierto de la República.

Estamos viviendo una situación paradójica en que los partidos grandes se han adueñado del proceso para designar a los nuevos consejeros electorales -incluyendo el presidente en ese grupo- por encima de la propia Cámara de Diputados y su pleno. Será la Junta de Coordinación Política, es decir, una instancia cupular e informal, diseñada más bien para la administración del parlamento, la que hará las designaciones respectivas, eso sí, por única vez. Serán los coordinadores de las fracciones parlamentarias de los partidos quienes se pondrán de acuerdo "en corto" para decidir no solamente quienes serán los tres nuevos consejeros y cuál de ellos el presidente del Consejo General del IFE, sino también cuánto durarán en su cargo los consejeros actuales que no fueron removidos. La excepcionalidad de la situación no solamente está presente en esta curiosa forma de decisión cupular, sino en todo el conjunto de una convocatoria que permitió el registro de 491 ciudadanos que se sienten con los méritos para ocupar tan importante cargo, en lo que al final de cuentas va a ser un gran teatro para vestir una decisión que va a caer en muy pocas manos. No vamos a mencionar a ninguno de los notables integrantes de tan nutrida lista de aspirantes, para no ofender a los ilustres ciudadanos desconocidos y anónimos que se inscribieron por una justificada preocupación ante el estado de la democracia en México. Los requisitos para registrarse también nos parecen estratégicamente diseñados para lograr un efecto mediático favorable al albazo: un ensayo de al menos diez cuartillas sobre la aplicación de la reforma electoral recientemente aprobada. Dado el breve plazo entre la emisión de la convocatoria y el cierre del período para el registro, casi apuesto que todos los ensayos presentados por los aspirantes serán una alabanza para la reforma y para el destacado trabajo de un Congreso que la sacó en menos de tres meses. Lo que sigue en el procedimiento para la selección de los nuevos consejeros será pura rutina y show mediático. En sesiones públicas que serán transmitidas en vivo por el Canal del Congreso, y durante tres días seguidos, los aspirantes aprobados -es decir, los que cumplieron con los requisitos de la convocatoria- desfilarán ante la pasarela de los diputados para defender sus ensayos y su visión sobre la reforma electoral.

Después de eso, la Junta de Coordinación Política tratará de resolver por consenso los nombramientos respectivos. Pero nada se les escapó a los brillantes redactores de la convocatoria, porque los ciudadanos comunes y corrientes también podrán participar en la decisión, mediante la posibilidad de impugnar la aspiración de algunos de los candidatos u opinar quién debe ser el presidente Consejero del IFE, eso sí formulando por escrito su impugnación -con fundamento y pruebas- y su propuesta, presentando además copia de su credencial de elector. Todo ese circo para disfrazar la gran imposición desconfiada de los partidos sobre el sistema electoral mexicano.
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